Hoy sacaré del olvido

unos simpáticos versos

que son joya de las letras

y joya del romancero.

 

Después de muchas pesquisas

ha pocos días encontrelos

entre viejos pergaminos

y muy gordos mamotretos.

Hoy a todos los lectores

aquí mismo los ofrezco

en un romance que canta

las excelencias del cerdo,

¡ese tan sabroso plato

que se cocina en Arévalo

y es ya un placer culinario

famoso en el mundo entero!

 

Así dice el tal romance,

que reproduzco completo,

sin quitarle ni una coma,

ni una letra, ni un acento:

 

"En una villa abulense

que tiene un bello castillo

que despunta en la llanura

y se eleva entre dos ríos,

sucedieron tres milagros

que con mis ojos he visto

y que aquí narro en romance,

porque dellos fui testigo:

Los asombrosos portentos

y fantásticos prodigios

del sin par tostón asado,

el llamado cochinillo.

He aquí la vida y milagros

de noble tan conocido:

 

Nacido en humilde cuna

y en un linaje sucísimo,

muy joven y muy rechoncho

se somete al sacrificio.

Tiene la víctima un peso

de menos de cuatro kilos

y su edad, contada en días,

aún no llega a veinticinco.

Se baña de arriba abajo,

se pela bien peladito,

y ocurre el primer milagro:

¡Quien es cerdo, queda limpio!

 

Con sal, con manteca y ajo

sazonan su cuerpecillo;

se mete el cuerpo en el horno

y allí se deja hora y pico,

dando leña sin parar,

para que esté calentito...

 

Pronto, el segundo milagro

con calor se ha producido:

Quien antes era tan blanco,

adquiere un dorado brillo.

¡En un tesoro dorado,

un cerdo se ha convertido!

Sale del horno el tesoro

refulgente y doradito,

con la piel muy chamuscada,

con el rabo retorcido;

la corteza con ampollas,

cual hidalgo malherido,

y mil regueros de néctar

que manan de su tocino;

de punta están sus orejas,

muy sonriente el hocico,

y las manos encogidas

por no ocupar tanto sitio

pues, cuando sale del horno,

él se vuelve humilde y tímido.

 

Se presenta en la bandeja,

todo a la larga tendido

y, con arte y con esmero,

lo separan en trocitos,

trinchándolo con un plato,

a la usanza de hace siglos...

 

Armados de servilletas,

tenedores y cuchillos,

con un poco de ensalada,

bien regados con buen vino,

los comensales, humildes,

en un muy solemne rito,

se inclinan ante el asado,

meten mano al cochinillo...

 

Y ocurre el tercer milagro,

por muchos reconocido:

Ese cerdo tan mundano,

ese terrenal cochino,

a todos los que lo comen

al cielo los ha ascendido.

 

En ascensión milagrosa,

los transporta hasta el Olimpo,

pues es comida de dioses

un plato tan exquisito.

 

Y se rinden ante él

desde curas hasta obispos,

desde príncipes a reyes,

desde obreros a ministros...

Todos, nobles y plebeyos

dan rienda suelta a su instinto;

él les despierta la gula,

él les abre el apetito....

¡Y él los transporta a la gloria!

¡Milagroso cochinillo...!

 

Mas, ¿dónde ocurren los hechos

que aquí aparecen escritos?

Si quieres ver los milagros

y observar tales prodigios,

vete a esa villa abulense

que tiene un bello castillo.

¿Que no conoces su nombre?

Se llama Arévalo el sitio."

 

Así termina el romance

que ensalza al sabroso cerdo

y a su plato más famoso:

el rico tostón de Arévalo.

Así que, lector querido,

aquí mismo te aconsejo

que no esperes ni un instante...

¡vete ahora mismo a comerlo!

que, aunque mucho te gustaran,

no alimentan estos versos.

 

Hasta el próximo domingo...

¡y que tengas buen provecho!